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MNRT

 

Movimiento Nacionalista Revolucionario

Tacuara

 

 

 

 

 

 

 

“¡Guerra al nacionalismo cipayo!”


 

Agradecemos los valiosos aportes en digitalización y compilación de material histórico echo por el equipo de ELORTIBA.ORG

 

 

Compilación y compaginación a cargo de Nicolás Pacheco

 


“Tacuara: la pólvora y la sangre”: extractos del libro de Roberto Bardini

 

A continuación, una selección del libro de Roberto Bardini “Tacuara: la pólvora y la sangre”, Editorial Océano, México 2002.

Se intenta a través de estos extractos, retratar de alguna manera los orígenes de lo que luego sería el MNR-Tacuara.

 

 

1963: EL ASALTO AL POLICLÍNICO BANCARIO

Poco antes de las 11 de la mañana del jueves 29 de agosto de 1963, una ambulancia con la sirena encendida llegó al estacionamiento del Policlínico Bancario, ubicado en el barrio de Flores, frente a la plaza Irlanda. El conductor y su acompañante vestían guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un enfermo. El custodio observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les permitió entrar.

Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de Servicios Sociales Bancarios con 14 millones de pesos de la época (alrededor de 100,000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un sargento de la Policía Federal.

Dentro del policlínico, alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes con el dinero.

-¡Quietos! ¡Esto es un asalto! -se escuchó de pronto.

Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Paralizados momentáneamente no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.

Ante un movimiento del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio.

Repentinamente, aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos más todos los asaltantes huyeron.

A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).

En la Sección Identificación, un comisario -dibujante y experto en “retratos hablados”- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves 29 de agosto, la certeza era casi total: el asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa trayectoria al margen de la ley.

 

El “pibe de la ametralladora”

Al día siguiente, la Policía Federal hizo el anuncio: Félix Arcángel Miloro y Salustiano Franco eran los responsables del robo.

Miloro, alias “El pibe de la ametralladora”, tenía 27 años, medía un metro ochenta y cinco, y había sido integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, hasta formar su propio grupo. El diario Clarín lo describió así: “Bien parecido, alto, siempre sonriendo y vestido a la moda, su exterior recuerda antes al twist que a la pistola 45”.

Franco, alias “Salunga”, tenía 33 años y todos sus hermanos eran delincuentes. Dos de ellos habían sido apresados en 1960, luego de un asalto en Barracas y un tiroteo con policías que se prolongó hasta Constitución.

La Policía Federal informó que muchos de los billetes de $5,000 eran de la serie “A” y su numeración iba desde el 04.578.001 hasta el 04.583.000.

La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo que en la jerga del periodismo policial se designa eufemísticamente como “intensos interrogatorios”.

No era para menos: según “Clarín”, el asalto al Policlínico Bancario “al constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y funcionarios”.

Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la provincia de Córdoba. El 10 de septiembre de 1963, alrededor de cien agentes federales se dirigieron velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban Miloro y otro delincuente conocido como “El gaitero” Zarantonello; los acompañaba Ana Carbó, amiga de ambos.

Un oficial de policía ordenó a los gritos que se entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni huyeron. Versiones posteriores indicaron que resistieron con coraje; un rumor aseguró que fueron literalmente masacrados.

Lo cierto es que el tiroteo duró media hora y cuando todo concluyó los cuerpos de “El pibe de la ametralladora” y “El gaitero” parecían coladores. En comparación, Ana Carbó fue casi afortunada: una ráfaga le arrancó la pierna izquierda.

El expediente del asalto fue cerrado y archivado.

 

La tacuara revolucionaria

Seis meses después trascendió que Félix Arcángel Miloro había sido acribillado a balazos por error. “El pibe de la ametralladora” no había tenido ninguna vinculación con el asalto al Policlínico.

El joven rubio que empuñaba la PAM en la mañana del 29 de agosto se llamaba José Luis Nell Tacci, descendía de irlandeses y era estudiante de Ciencias Jurídicas y Sociales. Sus compañeros lo apodaban “Pepelu”, vivía en el barrio de Flores y uno de sus mejores amigos era un estudiante de Derecho y ex cadete del Liceo Militar General San Martín, llamado Envar El Kadri.

Otro de sus amigos, era José “Joe” Baxter, de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado. Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).

Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las paredes, arrojar alquitrán contra algunas sinagogas y enfrentarse a estudiantes judíos que en asaltar bancos.

Lo nuevo, ahora, era el agregado de “Revolucionario” a la denominación “Movimiento Nacionalista”. El asunto dio un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.

Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base de la Fuerza Aérea en Río Gallegos (Santa Cruz). Al principio de su conscripción era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al comprobarse que usaba automóviles del Ejército para “asuntos particulares” (sus jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos “asuntos”). Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado en avión a Buenos Aires el 26 de marzo. En el aeroparque lo esperaba una custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta altas horas de la madrugada.

El 4 de abril de 1964, la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado “cuarenta y tres hechos terroristas”. Y ya no eran agresiones a la comunidad judía argentina. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque “Jorge Newberry”, con el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.

Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.

Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos.

La lista de detenidos, publicada en el vespertino “La Razón”, era la siguiente: Jorge Caffatti, Lorenzo Posse, Gustavo Posse, Tomislav Rivaric, Horacio Rossi, Mario Duaihy, Alfredo Ossorio, Osvaldo Vanzini, Dámaso Fernández, Luis Arean, Nelson Latorre, Adolfo Infante, Alberto Pascual Fürpass, Horacio Bonfanti, José Luis Nell, Luis Barbieri, Carlos Fuentes y Eduardo Álvarez. Los prófugos eran Federico Russo, Amílcar Fidanza, Horacio Iglesias, Alfredo Roca, Ricardo Viera, Rubén Rodríguez, Luis Alfredo Zarattini, Jorge Cataldo, Carlos Arbelos, José Baxter y Juan Carlos Brid. Algunos de los detenidos y prófugos no habían participado del asalto pero eran buscados por otros hechos.

Casi todos eran estudiantes que trabajaban, pertenecían en su mayoría a la clase media, se definían como peronistas y, detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.

 

 

LA PÓLVORA Y LA SANGRE

Afines de noviembre de 1955 se creó el Grupo Tacuara de la Juventud Nacionalista en el local que la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES) poseía en Matheu 185, en el barrio de Once.

La UNES, fundada por Juan Queraltó el 5 de junio de 1935, publicaba un irregular periódico denominado Tacuara: la T del logotipo eran dos cañas cruzadas, con un cuchillo atado en el extremo derecho, a semejanza de las lanzas usadas por los gauchos de las montoneras durante las guerras argentinas del siglo XIX.[1]

Más tarde, la Unión Cívica Nacionalista (UCN) les prestó un destartalado local de tres habitaciones en un viejo edificio de Tucumán 415, a cuatrocientos metros del puerto. La UCN era un pequeño partido en estado vegetativo pero tenía personería jurídica: en las elecciones de febrero de 1958 -en las que triunfó Arturo Frondizi apenas rozó los 2 mil 300 votos.

Los titulares de la UCN eran Horacio Naya, ex consejero de la Alianza Libertadora Nacionalista, y Emilio Gutiérrez Herrero, un furibundo antiperonista exiliado en Uruguay, editor del periódico Liberación. En las elecciones de 1952, la Unión había ganado 163 votos.

Ese año de 1958, el nombre de Tacuara quedará asociado a los violentos enfrentamientos estudiantiles entre laicos y libres. El jefe político de Tacuara se llama Alberto Ezcurra Uriburu, nació el 30 de julio de 1937 y es el séptimo hijo de un modesto profesor de historia. Es un austero y casto joven de veintiún años que abandonó sus estudios de seminarista y se gana la vida como pintor de motos. A los trece años había ingresado a la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios. Usa lentes de gruesos cristales, posee una sólida formación histórica y es un orgulloso descendiente de Juan Manuel de Rosas y del general Félix Uriburu.

Su padre, Alberto Ezcurra Medrano, nacido en 1909, es conferencista, articulista en una docena de publicaciones nacionalistas y autor de alrededor de veinte libros. Se le considera entre los precursores del revisionismo histórico y uno de sus seguidores lo definió como “antilibeiral, católico, rosista e hispánico”.[2]  

El subjefe es José Baxter, alias Joe o el Gordo, un ex afiliado a la Unión Cívica Radical que ingresó a Tacuara en 1957 y que pronto se transformó en su vocero. Nacido en 1940 e hijo de un capataz de estancia descendiente de irlandeses, el robusto Baxter estudia Derecho y trabaja como telefonista. Es histriónico y ocurrente; su personalidad -según un antiguo camarada- recuerda una frase de José Ortega y Gasset: “En épocas de crisis hay hombres que se hacen matar por una ficción”. Su madre, una devota católica, les entrega a él y sus compañeros medallitas de la Virgen de Luján cuando parten a enfrentarse con los estudiantes laicos (algunos años más tarde, las actividades de Joe y sus compañeros tomarán otro rumbo, pero la señora continuará con esta piadosa costumbre).

Uno de los fundadores de Tacuara y su primer jefe de seguridad es Horacio Bonfanti, un corpulento mecánico que tenía un taller de automotores en Mario Bravo y Córdoba. Muchos años después, sus ex subordinados -que posteriormente se disgregaron en varias vertientes de “derecha”, “peronistas” y de “izquierda”- coinciden en definirlo como “un grandote honesto que imponía respeto”. Sus virtudes, recuerdan, eran las que precisamente se exaltaban en Tacuara: el coraje, la camaradería y la lealtad.

Bonfanti contrasta, por origen y ocupación, con otros fundadores de Tacuara: Guillermo Maliugreen, Juan Carlos Lucero Smith, Mariano Gradín, Emilio Berra Alemán, Bernardo Lasarte, Alberto Gelly Cantilo, Eduardo Vocos y Juan Carlos Coria, apellidos de Barrio Norte y Palermo, entre los que se cuentan tres Guevara Lynch, primos de Emesto Che Guevara.[3]

La edad de los jefes oscila entre los veintiuno y los veinticuatro años, y entre ellos se tratan de “usted”. Predican un estilo austero, dedicado a la patria; se inspiran en una frase de Job, tomada del Antiguo Testamento: “Es milicia la vida del hombre sobre la tierra”. La revista Ofensiva, órgano de la Secretaría de Formación de Tacuara dirigida por Rodolfo Domínguez, lleva en su portada un escudo con un águila feudal germana.

Los rígidos aspectos formales son importantes en Tacuara y tienen un rango casi ritual. El ingreso no es simple. Los jóvenes que se acercan al grupo, por ejemplo, son simples “simpatizantes”; después, algunos de ellos se convierten en “afiliados” y cumplen un período de prueba como “aspirantes”. Los escogidos como “militantes” deben jurar “con el corazón y el brazo señalando el testimonio de Dios, defender con la vida y la muerte los valores permanentes de la Cristiandad y la Patria, y respetar las jerarquías del Movimiento y hacerlas respetar por amigos y enemigos”. Para dar más solemnidad al juramento, la ceremonia se realiza en el cementerio de Chacarita frente a la tumba de Darwin Passaponti.

El 17 de octubre de 1945, un grupo de manifestantes, entre los que se contaban activistas de la Alianza Libertadora Nacionalista, apedreó las vidrieras del antiperonista diario Crítica, en Avenida de Mayo. Pistoleros al servicio del periódico, ubicados en la azotea, dispararon sus armas contra los atacantes e hirieron a cincuenta personas. Passaponti, un militante de la ALN de 17 años de edad, murió de un balazo en la cabeza. El peronismo lo considera su primer mártir. Tacuara lo veneraba como víctima nacionalista.

Los muchachos se definen como “revisionistas históricos”: entre los unitarios y los federales, escogen a los federales; entre la “civilización” y la “'barbarie”, eligen la “barbarie”. Reivindican a Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, Manuel Dorrego, Felipe Varela y al Chacho Peñaloza; denigran a Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento. Leen a Manuel Gálvez, Leopoldo Lugones, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, Federico Ibarguren, Ernesto Palacio, José María Rosa, Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. Los más inquietos intelectualmente se acercan al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, fundado en agosto de 1938 y cuyo titular casi inamovible es Alberto Contreras.

La bandera del Movimiento Nacionalista Tacuara posee tres franjas horizontales: las dos de los extremos superior e inferior son de color negro y simbolizan la “revolución nacional”; la central es roja y representa la “revolución social”. Sobre esta franja hay una Cruz de Malta celeste y blanca (“No es la Cruz de Hierro alemana”, aclaran los dirigentes). El rojo y el negro también significan “la pólvora” del cambio violento y “la sangre”, propia y ajena, que están dispuestos a derramar.

El lema de Tacuara es el mismo que el de los Caballeros de la Orden de Malta: 'Volveremos vencedores o muertos”. Esta reminiscencia medieval se complementa con otra: los militantes de la agrupación se consideran a sí mismos “monjes-guerreros”, al igual que la Milicia de la Orden del Templo o Caballeros Templarios, guardianes de las rutas de peregrinación a Jerusalén en épocas de la Cruzadas cristianas.

 


Cruzados modernos

En agosto de 1958, como retribución a la Iglesia por el apoyo brindado a su candidatura, el presidente Arturo Frondizi presenta un proyecto de ley de enseñanza que favorece a los colegios religiosos. El proyecto extiende el otorgamiento de títulos profesionales –hasta entonces reservado a las universidades de Estado- a los claustros de estudio privados, en su mayoría católicos. De aprobarse la ley, la enseñanza superior escapará al control de las autoridades docentes de la nación.

El tema divide a los estudiantes en dos bandos y durante tres meses se enfrentarán en las calles los partidarios de la educación libre (privada) y los defensores de la laica (estatal).

De un lado, quienes encabezan a los estudiantes laicos militan en las filas radicales, liberales, comunistas o socialistas, las mismas que en febrero de 1946 se habían alineado en la Unión Democrática impulsada por el embajador estadounidense Spruille Braden y que en septiembre de 1955 se sumaron a la Revolución Libertadora.[4]

De la Federación Universitaria Argentina (FUA) y la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), además, habían surgido estudiantes voluntarios como choferes colectiveros durante las huelgas peronistas del transporte público. De remate, los laicos veneran a Sarmiento como ejemplo de “gran educador”, mientras que los nacionalistas y peronistas lo detestan por “unitario”, “cómplice de Mitre”, “extranjerizante” y “degollador de gauchos”.

De otro lado, por encima de los jóvenes libres se mueven los sólidos hilos de la Iglesia católica que cuatro años atrás había desplegado una intensa actividad para derribar a Perón. A lo largo de 1954 se produjeron choques entre la jerarquía religiosa y el gobierno peronista, y en junio de 1955 el Vaticano había excomulgado al entonces presidente (la medida se levantaría recién en 1963, bajo el papado de Juan XXIII).

Es entonces cuando aparecen panfletos y pintadas en las paredes de apoyo a la educación libre firmadas por el Movimiento Nacionalista Tacuara (MNT). La actividad de sus jóvenes militantes no se limita a las consignas: ellos ocupan la primera línea a la hora de las trompadas, los cachiporrazos y las pedradas. El símbolo de la lanza montonera se convierte rápidamente en sinónimo de acción violenta.

Eduardo Galeano escribe en 1967 en el semanario Marcha, de Montevideo:

“Son de Tacuara las tropas de asalto que, a la sombra protectora de los sectores ultras de la iglesia, tras las sotanas de jesuitas y dominicos, combaten a la Universidad oficial, laica; adolescentes armados de cachiporras que ocupaban colegios y facultades chocaban violentamente con las manifestaciones por la enseñanza pública, desencadenaban batallas cotidianas a la salida de cada uno de los tres turnos de cada colegio de Buenos Aires, arrojaban por todas partes ampollas de la terrible bromoacetona y petardos de estruendo.”[5]

Los muchachos que se acercan a Tacuara tienen entre catorce y dieciséis años. La mayoría pertenece a la clase media y son considerados chicos bien; algunos provienen de aristocráticas familias venidas a menos. Muchos son alumnos de colegios religiosos que antes estaban reservados a la oligarquía terrateniente o la alta burguesía provinciana: Cardenal Newman, Champagnat, El Salvador, La Salle, San José.

Otros asisten al Nacional Buenos Aires, al Mariano Moreno, al Sarmiento. Varios exhiben en sus solapas una cruz de Malta celeste y blanca o la estrella federal de ocho puntas, color punzó, o un crucifijo que cuelga del llavero. Pronto se les conocerá como caqueros o bananas. El fenómeno se extiende del Barrio Norte a otras zonas de la ciudad.

El principal mentor ideológico del MNT por esos años es el sacerdote Julio Ramón Meinvielle, un ferviente antiperonista y anticomunista. En menor medida, se destaca el sociólogo francés Jaime Maria de Mahieu, quien, paradójicamente, había respaldado a los dos gobiernos peronistas anteriores (1946-1955).

Durante estos tres meses de lucha sin tregua, Tacuara exacerbó su anticomunismo [...] y abrió sus filas al ingreso de alumnos católicos del Colegio Nacional y de la Universidad del Salvador, que llegaban en masa, dispuestos a embestir contra los herejes y los izquierdistas. Tacuara se había convertido en una fuerza mimada por la oligarquía que decía aborrecer, signada por la invasión de los señoritos que bajaban desde el Barrio Norte a defender en las calles su derecho natural a la enseñanza selecta. Un Quintana Martínez Zubiría, bisnieto del presidente Quintana, era el jefe de las milicias de estudiantes secundarios de Tacuara; Axel Aberg Cobo, patricio químicamente puro, alquilaba un auto remise durante las veinticuatro horas de cada día para que los dirigentes pudieran movilizarse, pagaba costosas cenas en “El Tropezón” y traía considerables sumas de dinero desde la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), que aparecían como donativos privados. Matías Sánchez Sorondo, nieto del símbolo vivo de la década infame, encabezaba las huestes derechistas en las batallas que tenían por escenario el bar y los pasillos de la Facultad de Derecho. Familias enteras de la burguesía católica, los Gradín, los Seeber, los Ezcurra, los Guevara Lynch, los Estrada, los Díaz de Vivar, convertían a sus hijos en modernos cruzados que reemplazaban las cotas de malla por los blazers azules de botones dorados y solapas levantadas, las afiladas espadas por cachiporras de goma.[6]

Terminado el conflicto entre laicos y libres, algunos muchachos de doble apellido enfundan sus cachiporras, retoman los libros y regresan a sus colegios y facultades. A cambio, un nuevo aluvión juvenil llega de los barrios periféricos y desborda la capacidad de absorción de Tacuara. Vienen “en busca del mito del poder, los atrae la emoción de los campamentos, en los que las maniobras militares suelen hacerse con verdadera munición de guerra y con verdaderos heridos, la magia de los juramentos en las galerías subterráneas del cementerio, el estampido de los primeros balazos, el culto del peligro elaborado en torno a las fogatas, lejos de la familia y el hogar y la blanda vida burguesa -instituciones de las que pretenden liberarse reivindicándolas a sangre y fuego, como un pelotón de soldados que salva a la civilización, que dijera Oswald Spengler”.[7]

Lo nuevo, ahora, son los apellidos tanos, gallegos y sirio-libaneses, las solicitudes de afiliación que llegan de Flores, Lanús, Quilmes, Avellaneda; el medio pelo.

“La organización barrial constituyó la forma más corriente de nucleamiento, y en cada zona se fue destacando un jefe rodeado de un grupo de activistas. Grupos de características distintas que, a la larga, evolucionarán de diversa forma. A principio de la década del 60 adquirieron el nombre de Fortines y su prestigio internó dependía de la capacidad de movilización, de propaganda y enfrentamiento. No competían en calidad intelectual, sino en grados de violencia.”[8]

Simples apellidos que a partir de 1974 -y con mayor intensidad desde el 24 de marzo de 1976- integrarán las listas de secuestrados, encarcelados, asesinados o desaparecidos por sus ideas “subversivas”, debutaron en su militancia entre los catorce y los dieciséis años por la atracción que ejercía el grupo de la lanza gaucha.

“En el barrio no me acuerdo quién de nosotros se conecta con grupos nacionalistas y tenemos contacto con Tacuara”, relata Andrés Castillo, un veterano militante gremial que fue uno de los fundadores de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) y después permaneció secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

“Casi todos los chicos del barrio entran a Tacuara[...], que levantaba la violencia como elemento de militancia y para nosotros era una cosa buenísima, algo en lo que creíamos. A partir de esto cae entre nosotros una serie de bibliografía, incluso fascista; leemos a José Antonio Primo de Rivera y tenemos una corrida hacia la derecha sin saber qué era la derecha, ni qué era el peronismo, ni la izquierda, ni qué era nada. Ezcurra era un jefe de negociación entre los distintos sectores que estaban en Tacuara -algunos netamente gorilas- que hacía que muchas veces tuviéramos problemas de piel con ellos, ya que nosotros seguíamos manteniendo nuestra identidad peronista.

Nos integramos por el tema del nacionalismo, de la violencia, de la verdad de los puños y las pistolas por encima de lo racional, que prendía en nosotros.”[9]

 

La dialéctica de los puños y las pistolas

El 1º de enero de 1959, el presidente Arturo Frondizi envió al Congreso un proyecto de ley que autorizaba la venta o arrendamiento del Frigorífico Lisandro de la Torre y otorgaba preferencia a la Corporación Argentina de Productores (CAP). La planta, inaugurada por el gobierno surgido del golpe militar de 1930, estaba ubicada en el peronista barrio de Mataderos, era administrada por la municipalidad de Buenos Aires y en ella trabajaban alrededor de nueve mil personas.

El 13, mientras el proyecto se discutía en la Cámara de Diputados, dos mil obreros de la carne se reunieron en la Plaza del Congreso. Llevaban un ternero en el que habían pintado: “Señores diputados, no me entreguen, quiero ser nacional”. Mientras esperaban el resultado, improvisaron antorchas y cantaron las estrofas del Himno Nacional. Esa noche la ley fue sancionada. Era la madrugada de la última sesión del año. En la Cámara de Senadores se aprobó sin debate: todos los legisladores eran del oficialismo.

En desacuerdo con la medida, los obreros de la carne ocuparon el 16 el frigorífico. Un mes antes, en diciembre de 1958, había sido elegida una nueva comisión directiva del sindicato, entre los que se destacaban Sebastián Borro, como secretario general, y Héctor Saavedra, como secretario de prensa y propaganda. Ambos eran veteranos de la Resistencia Peronista y habían conocido la cárcel durante el régimen de la Revolución Libertadora. Borro había estado preso en Río Gallegos. Saavedra había integrado el Comando Nacional Peronista y estaba vinculado a John William Cooke, delegado personal de Juan Domingo Perón.

Declarada la ocupación del Lisandro de la Torre, llegan al lugar veintidós ómnibus con policías, carros de asalto de la Guardia de Infantería, coches patrulleros y más de cien agentes de civil de la División Investigaciones, que portan armas largas.

Como rige el Plan de Conmoción Interna del Estado (Conintes), el gobierno ordena al Ejército que intervenga. Los militares arriban con cuatro tanques de guerra Sherman y jeeps con soldados provistos de ametralladoras. Tropas de Gendarmería se unen a los policías y soldados que rodean la zona.

Las fuerzas de seguridad son recibidas a pedradas por los trabajadores y el vecindario, donde viven muchos de los huelguistas.

Uno de los tanques destroza las puertas del edificio, y agentes y soldados entran violentamente a desalojar a los ocupantes. Noventa y cinco obreros son detenidos y varios resultan heridos; hay siete policías lesionados.

Durante varios días se libran en Mataderos pequeños pero encarnizados combates propios de una insurrección urbana. Los vecinos derriban árboles y los cruzan en la calle, levantan barricadas con adoquines del empedrado y producen baches para impedir el paso de los carros de asalto.

El comercio cierra sus puertas. Los tranvías dejan de circular por la zona porque las vías fueron levantadas y varias unidades terminaron decomisadas por la gente para reforzar las barricadas. Los ómnibus de la línea 114 son detenidos e incendiados. Cuando la policía logra sortear los obstáculos y avanzar unos pocos metros, los pibes los atacan con gomeras. Obreros de la fábrica de neumáticos Pirelli y de jabón Federal se unen a las escaramuzas.

La policía acusa como responsables de la huelga y los disturbios a “los comunistas, la Alianza Libertadora Nacionalista y a un sector subversivo del peronismo”.[10]

Por esos días hace su aparición en Mataderos un grupo de jóvenes bien vestidos y, sin que nadie se los solicite, se suman a las escaramuzas en apoyo a los huelguistas. Son pocos pero están bien organizados y exhiben una disciplina casi militar. Los que parecen ser los jefes tienen revólveres. Son del Movimiento Nacionalista Tacuara, que hasta entonces no se ha definido como peronista. Después de acaloradas discusiones internas, un sector de ese movimiento ha decidido aportar a la lucha obrera una de sus mejores destrezas: la “dialéctica de los puños y las pistolas”.

Ese año, entusiasmados por su participación en la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, los dirigentes de Tacuara crean las Brigadas Sindicales y lo anuncian públicamente en un acto de la CGT en Parque Lezama. El jefe de la nueva colateral, designado por la dirección, es Edmundo Calabró. Uno de los primeros en ingresar es Dardo Cabo, un joven de 19 años que se había unido a Tacuara en 1958, hijo del dirigente gremial Armando Cabo.[11] 

El apoyo a la movilización de los trabajadores de la planta frigorífica y la posible “peronización” de las Brigadas Sindicales provoca el desacuerdo de un sector de Tacuara. La tendencia de Aberg Cobo consideraba al peronismo como “una etapa inferior del comunismo”.

Este personaje había logrado ocupar la secretaría de Propaganda y desplazar a José Baxter de la jefatura de la rama estudiantil, pero luego de una serie de golpes y contragolpes internos, es violentamente expulsado del movimiento. Los niños bien de Tacuara no se andan con vueltas: según varios testimonios, el disidente fue echado literalmente a patadas en el trasero después de ser obligado a ingerir varias cucharadas de aceite de ricina.

La expulsión origina el éxodo de un centenar de militantes antiperonistas y marca el inicio de sucesivas fracciones de las que surgirán nuevos grupos. “Desde esta primera división en adelante, las mismas manos que pintaban svásticas en las paredes de Villa Crespo, arrojarán cócteles molotov contra los ómnibus durante los paros generales, cortarán cables de teléfonos en las huelgas de las 62 Organizaciones, pondrán bombas en Tamet y en Siam durante el conflicto metalúrgico, ayudarán a ocupar y a defender fábricas en el cinturón industrial de Buenos Aires y recuperarán, a balazos, sindicatos intervenidos”.[12]

 

 

LA GRN, RUPTURA HACIA LA DERECHA

En 1960, el Movimiento Nacionalista Tacuara encabeza la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundados (UNES) y pequeños grupos en algunas facultades; él principal es el Sindicato Universitario de Derecho (SUD). En el MNT conviven varias tendencias que Alberto Ezcurra Uriburu intenta armonizar. En los colegios secundarios proliferan afiebrados adolescentes que reivindican a Hitler y a Mussolini. El ex seminarista se mueve por encima de todos, concilia a unos y otros y los deja hacer, con tal de que resten fuerzas a los conservadores, radicales, liberales, socialistas o comunistas.

En ese semicaos medianamente controlado, las Brigadas Sindicales representan “el sector más peronista del nacionalismo joven”. Simultáneamente, Tacuara divulga una declaración de apoyo a Cuba “donde un grupo revolucionario encabezado por Fidel Castro ha derrocado en enero de 1959 al tirano Fulgencio Batista” aunque aclara que se opone “al capitalismo y al comunismo por igual”.

El sacerdote anticomunista Julio Meinvielle, que no puede soportar la idea de que el movimiento se vincule al peronismo y respalde, aunque sea a medias, al gobierno cubano, se aleja de la organización en octubre de 1960 y arrastra consigo a un grupo ultracatólico. Surge así la Guardia Restauradora Nacionalista (GRN), que adopta un nuevo lema: “Dios, Patria y Hogar”.

Roberto Etchenique y Roberto Estrada, dos estudiantes de Derecho de veinte años de edad, son los primeros jefes pero por poco tiempo. Los sucede Augusto Moscoso, un delgado solterón de 34 años, quien trabaja como viajante de comercio y al que sus detractores apodan Miseria Espantosa, en alusión a un personaje cómico de la televisión de aquella época. A él se suman Bernardo Lasarte y Juan Carlos Coria.

La GRN divulga un documento que acusa al MNT de haber sido copado por “el fidelismo, el trotskismo y el ateísmo”. Con un lenguaje que se acerca más a un memorando policial interno que una declaración política pública, la nueva agrupación denuncia que Tacuara padece “la influencia de elementos que habían militado hasta fecha reciente en el comunismo y que se proclamaban ateos, o que hacían gala de irreligiosidad, o bien que sostenían doctrinas económicas abiertamente contrarias al derecho natural y a las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, o preconizaban la abolición de la institución militar y su reemplazo por milicias populares”. Y, para que no queden dudas acerca de sus diferencias, subraya: “La ultrajerarquía es necesaria para distinguir calidades”.[13]

En noviembre, Ezcurra y Baxter son entrevistados por una revista que dedica el tema de tapa al fenómeno Tacuara. Ezcurra califica a los integrantes de la GRN corno “reaccionarios conservadores que responden a tendencias que caducaron en 1930”. Baxter, a su vez, sostiene que los militantes del MNT “combaten al régimen democrático-liberal-burgués, aceptan la lucha en todos los terrenos, defienden los valores católicos y repudian por igual al capitalismo y al comunismo”.[14]

En abril de 1961 una fuerza militar financiada por Estados Unidos invade Cuba para derrocar a Fidel Castro. Los atacantes son aniquilados en el famoso combate de Bahía Cochinos. El MNT condena la invasión sin tomar partido por el gobierno revolucionario pero destaca, no obstante, que la reforma agraria impulsada en la isla es positiva. Dos meses después, el tenaz padre Meinvielle escribe en la revista Presencia que Tacuara ha sido penetrada por “una mentalidad izquierdista filocomunista, que se manifiesta en consignas y doctrinas sospechosas”.[15]

Hasta entonces los tacuaras caían presos y al poco tiempo salían en libertad (agarrarse a trompadas con estudiantes judíos se consideraba una “travesura” de muchachos de buena familia; atacar un local comunista era visto como un “exceso” de jóvenes patriotas). Pero a partir de estos cambios políticos de timón, comienza a interrumpirse la flexibilidad policial. La GRN, en cambio, comienza a beneficiarse de la tolerancia en las comisarías...

 

 

EL MNA, RUPTURA HACIA EL PERONISMO

Bajo el gobierno de Arturo Frondizi, el Movimiento Nacionalista Tacuara acompaña activamente las luchas del perseguido movimiento peronista pero no se integra a sus filas. A principios de 1961, Alberto Ezcurra Uriburu declina amablemente la oferta del general Perón de conducir a la Juventud Peronista.

Entonces, a siete meses de la creación de la Guardia Restauradora Nacionalista, Tacuara sufre un nuevo desprendimiento: Edmundo Calabró y Dardo Cabo, militantes de las Brigadas Sindicales, fundan el Movimiento Nueva Argentina (MNA), que se define lisa y llanamente como peronista. El lanzamiento oficial del nuevo grupo fue el 9 de junio de 1961, en conmemoración del levantamiento del general Juan José Valle cinco años antes.[16]

Como los disidentes habían sido expulsados del local de la UNES, decidieron simbólicamente llenar las primeras fichas de afiliación a pocos metros de ahí, en el Café “Matheu”, ubicado en la esquina de Matheu y Rivadavia, en barrio Once.

Los fundadores del MNA que llenaron las primeras fichas de afiliación fueron siete: Dardo Cabo, Edmundo Calabró, Rodolfo Pfaffendorf, Américo Rial, Andrés Castillo, López Vargas y Antonio Arroyo. Este último, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, había viajado en 1959 a Tucumán para unirse a la guerrilla de los Uturuncos; no lo logró y falleció dos años después de la creación del MNA, a consecuencia de una enfermedad contraída en los montes norteños.

En los días siguientes se sumaron Antonio Valiño, Salvador Pinacchio, Miguel Ángel Titi Castrofini, Rodolfo Verona, Emilio Abras, Jorge Money, Rodolfo Brieva, Horacio Carril, Ignacio González Janzen, Eduardo Petigiani, Carlos Varese, Mario Granero. Algunos habían militado en la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios, otros en Tacuara y la Guardia Restauradora Nacionalista.[17]

A principios de 1962, en la época de la campaña del dirigente textil Andrés Framini para las elecciones a gobernador en la provincia de Buenos Aires, el Movimiento Nueva Argentina consiguió un local en French 2927, esquina con Austria, en el barrio de Palermo, y lo convirtió en una unidad básica. El lugar fue clausurado en 1966, durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía -un führer autóctono que había aspirado a un módico Reich de veinte años- y reabierto a principios de la década del setenta, pero para entonces el MNA se había disuelto. Los últimos locatarios fueron integrantes de la Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), un grupo creado en 1968 en La Plata por el filólogo tradicionalista Carlos Disandro.

En ocasiones, algunos integrantes del MNA -fundamentalmente Dardo Cabo- se unían a otros integrantes de diversos grupos de la JP y realizaban acciones armadas que firmaban como Comando Revolucionario de la Juventud Peronista. Sus miembros se reunían en el Sindicato del Vestido, que conducía José Alonso. Américo Rial describe la situación de aquellos años:

“El peronismo era un grupo reprimido que, como reacción, se inclinó por la acción directa. Veníamos de fusilamientos y persecuciones, y clamábamos venganza. Lo que sentíamos, quizá equivocadamente, era que había que pagarle al enemigo con la misma moneda. Hoy, a la luz de la realidad política actual, es muy difícil entenderlo. Pero dentro de todas las deformaciones que hubo, tanto de derecha como de izquierda, existe un origen represivo por parte del Estado.”[18]

 

 

LA “TACUARA REBELDE”

Cuando era estudiante en el Colegio Nacional Manuel Belgrano, Alfredo Ossorio simpatizaba con el Partido Socialista y la Federación Metropolitana de Estudiantes Secundarios (FEMES), y fue partidario de la educación laica. Durante los tres primeros años del secundario fue delegado de la Agrupación Reformista y compartió la lista que encabezaba Simón Lázara, de la Unión Cívica Radical.

Una anécdota de la época da cuenta de que en una oportunidad el obeso Lázara increpó a un grupo de tacuaras y se vio obligado a emprender una veloz huida cuando sus oponentes desenfundaron cachiporras. Luego de correr algunas cuadras y dar la vuelta en varias esquinas, sintió que su corazón estaba a punto de estallar y se metió en un bar.

Un mozo se dio cuenta de que el gordo estaba en una situación difícil y le preguntó si necesitaba algo. “Sí, una puerta”, le respondió Lázara.

En esos turbulentos meses, Ossorio creó el grupo Bambú, de corta duración, para dirigir las repetidas tomas del colegio y oponerse a Tacuara. No obstante, en 1960 ingresó a esta organización... y fue expulsado a fines de 1962, acusado de “desviación ideológica marxista” (la sanción, desde luego, consistió en beber aceite de ricina).

El motivo real de la expulsión fue que en el boletín del Comando Primero de Mayo -que él dirigía en el barrio de Belgrano- había expresado que “la propiedad privada es un robo” y que su anulación era el principal objetivo del nacionalismo revolucionario. “En esa época yo tenía desviaciones anarquistas, no marxistas; parafraseaba a Proudhon y a Bakunin, no a Marx”, comenta Ossorio.

Ezcurra Uriburu, un negociador que mantenía un difícil equilibrio entre sectores irreconciliables, le sugirió a Ossorio que se incorporara a las milicias clandestinas que dirigían Pepelu Nell y el Flaco Rubén, hasta que él pudiera negociar su reincorporación a Tacuara.

En aquel momento el Comando Primero de Mayo lideraba un amplio territorio que incluía comandos y células en Palermo, Villa Urquiza, Villa Devoto, Saavedra, Villa Pueyrredón, Avellaneda y Lanús. La propuesta de Ezcurra respondía a esta expansión de simpatías juveniles hacia las posiciones de Ossorio, que podía complicar la “paz guerrera” del Movimiento Nacionalista Tacuara con posibles rebeldías internas.

Junto con el “expulsado” Ossorio se incorporaron a las milicias clandestinas otros jefes barriales, entre ellos el Turco Jorge Caffatti y Amilcar Fidanza. Rápidamente se sumaron militantes que más tarde alcanzarían notoriedad por su apego al riesgo y su participación en las más audaces operaciones milicianas, como Carlos Arbelos, Ricardo Viera y “Alberto Redrueyo” (nombre de guerra de uno de los más castigados por la persecución policial).

En enero de 1962 este sector de Tacuara participa activamente en la campaña electoral para gobernador del dirigente textil peronista Andrés Framini. Cuando Frondizi cede a la presión de los militares y anula el triunfo del sindicalista, los muchachos salen a colocar petardos y bombas de estruendo.

El 11 de septiembre de 1962, aniversario del nacimiento de Sarmiento, los tacuaras depositan como siempre flores en la tumba de Facundo Quiroga. Pero esta vez no regresan a los cafés de la Recoleta: se lanzan por la avenida Santa Fe y rompen vidrieras. No gritan insultos contra judíos y comunistas, sino contra “gorilas” y oligarcas.

Poco tiempo más tarde irrumpen en la Sociedad Rural -distinguido reducto de la clase terrateniente- y, para horror de estancieros de doble apellido, arrojan una bomba incendiaria contra un toro premiado (desde entonces, el activista que lanzó el proyectil será conocido como la Vaca D'Elía).

El 20 de noviembre, aniversario del combate de la Vuelta de Obligado, que los nacionalistas conmemoran como Día de la Soberanía, la policía prohíbe un acto en Plaza Constitución. Como reacción, los jóvenes incendian discotecas de moda y automóviles último modelo.

A fin de año circulan panfletos firmados por Tacuara Rebelde. Para esa fecha concluye definitivamente la escasa tolerancia policial que aún les restaba.

En 1963 se constituyó un triunvirato de conducción de lo que ya se perfilaba como un movimiento paralelo al de Ezcurra Uriburu: Ossorio encabezaba la jefatura política territorial; Nell, la militar; Caffatti, la sindical. A pesar de esta “división del trabajo”, todos ellos debían participar de las operaciones milicianas. Baxter, cuyo nombre gozaba de popularidad, desempeñaba las tareas de vocero público de este sector.

En octubre, Ossorio divulga un comunicado en el que critica a los “patrones del nacionalismo” por proponer los nombres de Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Ante Pavelic[19] y Cornelio Codreanu[20]  como denominación de algunos comandos de Tacuara. Él, y muchos otros, se sienten más identificados con denominaciones tales como 17 de Octubre, Primero de Mayo, Eva Perón, Lealtad.

El comunicado afirma: “Son la clase trabajadora y los pequeños núcleos nacionales de la clase media, sin compromisos de ninguna índole con el régimen, los fundadores y herederos de la revolución nacionalista que destruirá a la antipatria para conquistar la soberanía nacional y la justicia social”. Al pie del documento aparece por primera vez la identificación de Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara.

Hay variadas anécdotas que reflejan la importancia que el nuevo grupo le otorgaba a la discusión de la teoría política y los aspectos metodológicos. El café “Zurich”, ubicado en Arcos y Echeverría, o el bar “Apolo”, situado en Federico Lacroze y Cabildo, eran los elegidos -por su apariencia familiar- para los ejercicios ideológicos que paulatinamente alejaban a este sector de la Tacuara original. La discusión tenía que ver con el papel del Estado, el status de la nación en un proyecto de revolución social, la función de la propiedad... y, claro está, los nuevos libros de autores que disputaban la paternidad del concepto “izquierda nacional”, como Hernández Arregui y Ramos. En dos oportunidades la intensidad de las discusiones derivó en el peligroso olvido de bolsos cargados de armas y su veloz recuperación posterior de manos de atónitos mozos de origen ibérico.

Pero no todo era discusión teórica, desde luego. En ese mismo año 1963 Tomi Rivaric había sido detenido y el grupo carecía del dinero para depositar la fianza. Pronto se planificó un operativo de “expropiación” de fondos para lograr la libertad del compañero. El primer intento, el asalto a la farmacia “Salvatori”, de Belgrano, fue interrumpido por un fuerte tiroteo con un policía que pasaba por el lugar y que terminó herido. El segundo, el asalto a una estación de servicio ubicada entonces frente a la Casa de Gobierno, no llegó a concretarse porque alguien efectuó el depósito bancario.

Alberto Ezcurra y su equipo ( “mitad monjes, mitad soldados”) continuarán presos de los esquemas fascistas tal cual habían llegado de Europa, y predicarán ardientemente la retórica de tragedias y heroísmos importados: “O triunfamos y desfilamos victoriosos bajo el Arco de Triunfo, o fracasarnos y nos pegamos un tiro en la Cancillería de las ruinas de Berlín”, dirá Escurra con voz trémula, mientras otros tacuaras menos místicos pintarán en los muros del cinturón industrial de Buenos Aires carteles heréticos: “Las 62 al poder”, “Todo patrón es un ladrón”, “La propiedad es un robo” [...], al mismo tiempo que Ossorio, Caffatti y Baxter exaltaban desde las tribunas la epopeya frustrada, pero no olvidada, de los guerrilleros uturuncos de Tucumán.

El cuerpo de milicias, pomposo nombre de los grupos de choque y los comandos de barrio, son los semilleros de la insurrección interna. El proceso se refleja claramente en los nombres que los comandos eligen: 17 de Octubre, Primero de

Mayo, Lealtad. La invasión de hijos de obreros, estudiantes de escuelas nocturnas y jóvenes operarios de Mataderos, Villa Luro, Dock Sud, Núñez, Boedo, implica un cambio en la composición social de Tacuara, que no es meramente cuantitativo:

cambian también la ideología, las relaciones políticas, el ámbito de acción y la acción misma. La Cruz de Malta es eliminada de muchas banderas. Jorge Caffatti reúne su comando en el local del Sindicato de Obreros del Tabaco y explica a sus muchachos: “No es casual que estemos aquí y no en otra parte. No se encuentra a los revolucionados en las sacristías”. Es el llamado cuerpo de milicias, la élite experimentada del grupo, el que real mente lleva a cabo las hazañas que van forjando la leyenda del terror de Tacuara. [...] A partir del 60, ciertos autores nacionalistas de izquierda habían empezado a atraer la atención de algunos dirigentes medios de Tacuara; el proceso mismo de acción y lucha se encargará del resto: al enfrentarse con los enemigos reales de la revolución nacional, del brazo de los militantes sindicales peronistas, algunos jóvenes fascistas derribarán los mitos que antes veneraban y se radicalizarán en dirección inversa. El antisemitismo y el anticomunismo sistemáticos, que les ofrecían chivos emisarios sucedáneos de los enemigos reales, dejarán de serles necesarios en la medida en que, al profundizarse, el proceso mismo descubrirá a sus ojos los verdaderos factores de la crisis y el sometimiento del país.[21]

La tercera división de Tacuara, que llegó con el Movimiento Nueva Argentina surgido de las Brigadas Sindicales a mediados de 1961, aceleró un proceso interno que venía incubándose en secreto.

“Dentro de Tacuara se estaba generando una discusión por «izquierda», que es la del grupo encabezado por Joe Baxter, Nell y Caffatti y muchos de los muchachos que eran peronistas. Pero cuando nos vamos con la Brigada nos vamos peleados con ellos porque nosotros les exigimos a los peronistas de Tacuara que se vengan con nosotros, y no se van, con distintas justificaciones[...]. Después vemos que en realidad ellos estaban haciendo otro trabajo, por abajo, más que nada en el tema de la milicia de Tacuara. Ellos controlaban la milicia, que era por donde pasaban los «fiemos». Venían juntando guita y «fierros» por «zurda» de Tacuara. Nosotros les venimos a acelerar la fractura”, recuerda Andrés Castillo.[22]

 

 

EL MNRT, RUPTURA HACIA LA IZQUIERDA

A mediados de septiembre de 1963 -cuando la policía aún creía que el golpe había sido dado por la banda del Pibe Miloro- José Baxter habló en el hall central de la Facultad de Filosofía y Letras ante un público compuesto por militantes y simpatizantes de diversas agrupaciones universitarias de izquierda.

El dirigente juvenil hizo la presentación del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y tomó distancia de la organización dirigida por Alberto Ezcurra Uriburu. Después, demandó la anulación de los contratos petroleros con firmas extranjeras y la nacionalización de los bancos y de los frigoríficos, lo que provocó el aplauso unánime de los presentes. Finalmente aseguró a quienes hasta ayer habían sido sus adversarios irreconciliables: “Recorrimos siempre un camino paralelo en muchas cosas y no nos habíamos dado cuenta”.

En forma simultánea, los acompañantes de Baxter arrojaron volantes con lemas que graficaban su nueva posición: “Guerra al imperialismo” y “En marcha hacia la liberación nacional”.

“No sólo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo; hay también nacionalismo cipayo”, dijo Baxter. “Los nacionalistas cipayos son quienes creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la Cancillería de Berlín en 1945. Cómo no se van a considerar derrotados, si fueron denotados en Berlín!”. Pocos días antes, el ex jefe de milicias le había confiado a un periodista: “Nos sacamos de encima toda la Segunda Guerra Mundial... Hacer antisemitismo ahora es crear un problema artificial de tipo diversionista. Divide inútilmente y fabrica confusión en torno al verdadero enemigo”.[23]

Cuando el acto concluyó los militantes del MNRT repartieron ejemplares de su periódico Tacuara. A pesar de que utilizaban el mismo nombre y logotipo que la publicación del grupo de Ezcurra, el contenido de los tres números editados hasta el momento reflejaba el cambio de orientación. Lo que resultó más llamativo fue la omisión de cuestiones relacionadas con el judaísmo y la inclusión de condenas a la discriminación religiosa y al racismo. “Creemos que la realidad espiritual de América está dada por el catolicismo, pero entendiendo que todas las demás minorías religiosas merecen nuestro respeto”, se leía en el número uno. Y en el tercero: “El problema no se da entre blancos y negros, sino entre explotadores y explotados. Si los explotadores blancos son muchos más que los explotadores negros, eso no es motivo de orgullo para la raza blanca”.

Alfredo Ossorio conserva un recuerdo afectuoso de José Baxter a pesar de que en ciertos momentos discrepó con él; uno de esos momentos fue, precisamente, la presentación en la Facultad de Filosofía y Letras. “Fue un pésame claudicante. No teníamos por qué hacer ninguna autocrítica frente a los pequebús de la izquierda universitaria, que eran charlatanes de café. Nosotros, a pesar de nuestro origen, ya éramos más combativos que ellos”, reitera a treinta y siete años de distancia de aquel hecho que marcó el ingreso del MNRT al campo revolucionario.

El sistema político, desde luego, no consideró que la conferencia de prensa fuera “un pésame claudicante”. Muy al contrario, un semanario de la época destacó: “El sorprendente rostro de Tacuara que presentan Joe Baxter. y sus amigos, ha intranquilizado ya a algunos funcionarios que se habían caracterizado por su protección a las actividades de ese grupo. Esos funcionarios observan ahora, desnudados, cómo un grupo de acción admitido por hacer del anticomunismo su premisa básica puede convertirse, fácilmente, por un simple cambio de signo, en un grupo de acción al servicio de las izquierdas”.[24] La luz roja de alarma ya había sido encendida.

Aunque el cambio de signo mencionado no fije, en realidad, tan “simple”, este razonamiento -más policial que periodístico- fue obviamente premonitorio. Pocos meses después Baxter declaraba a un diario: “La ruptura nos acarreó serios inconvenientes. Echarnos a favor de la liberación nacional nos costó perder la protección. La misma gente que hasta entonces nos había protegido se nos hizo contra. Ezcurra siguió siendo el niño mimado, nosotros éramos las ovejas negras. Quedamos huérfanos, sin padres y sin dinero”.[25] Y fue precisamente esa falta de fondos lo que condujo a los militantes de la Tacuara “de izquierda” hacia el barrio de Flores aquella mañana del 29 de agosto de 1963.

 

La operación “Rosaura”

Un día, el estudiante de medicina Ricardo Viera comentó a sus compañeros de Tacuara que conocía a alguien que estaba enterado de datos claves sobre el movimiento de dinero en el Policlínico Bancario.

Se llamaba Gustavo Posse, aseguraba que tenía una amante que trabajaba en administración del policlínico y estaba dispuesto a pasar la información a cambio de una parte del botín.

(Después resultó que una hermana de Posse había sido empleada de contabilidad y un día, en una conversación, le relató inocentemente cuál era la fecha de los pagos de sueldos y cómo llegaba el dinero. La joven no sabía nada del operativo: se enteró mientras estaba de vacaciones en Brasil y se presentó espontáneamente a la policía para declarar.)

Hasta ese momento las milicias encabezadas por Baxter y Nell -que aún no habían roto con la Tacuara fundadora- venían efectuando por su cuenta algunos pequeños golpes comando para apoderarse de armas de guerra. Al mismo tiempo, recaudaban fondos a través de asaltos a farmacias y estaciones de servicio. Aceptaron la propuesta de Viera a pesar de que involucraba a un no militante que, además, exigía “honorarios”. Cuando juntaron toda la información sobre el día de pago, la llegada del dinero, la custodia, las entradas y salidas y las vías de escape, comenzaron la planificación.

El nombre clave de la operación fue “Rosaura”, inspirado en “Rosaura a las diez”, una novela de Marco Denevi que en 1958 fue llevada al cine por el director Mario Soffici.

“Teníamos una mentalidad muy militarista cuando en realidad se necesitaba un razonamiento de «chorros»“, relata Tomislav Rivaric. “Estudiamos la posibilidad de crear varios comandos y copar el policlínico. Un grupo arrojaría granadas de gases lacrimógenos y bombas de humo, mientras un equipo de francotiradores disparaba contra las gomas de los coches que estaban en el estacionamiento y contra colectivos de la calle para dificultar la persecución. Pero esta posibilidad se descartó.”

La vieja Tacuara tenía la experiencia de los francotiradores de las movilizaciones en apoyo a las huelgas del transporte público. Desde una estanciera IKA que se abría por detrás, un tirador disparaba con una carabina 22 a las ruedas de los colectivos y creaba barricadas que separaban a los manifestantes de la policía. Además, se producían embotellamientos y el tránsito se convertía en un caos.

En ese momento, José Luis Nell estaba haciendo el servicio militar y era chofer de un oficial de Estado Mayor. En aquellos años las Fuerzas Armadas utilizaban coches Peugeot y los estacionamientos del ministerio de Defensa estaban detrás de lo que eran los Regimientos 1 y 2. Nell debía dejar el automóvil allí todas las noches y volver a retirarlo a la mañana siguiente temprano, para pasar a buscar a su jefe.

Cuando Tacuara necesitaba vehículos para algún operativo nocturno, él se vestía de civil, recogía a sus camaradas en el Peugeot y entraba a distintas playas de estacionamiento, en las que tomaban “prestados” algunos coches por unas cuantas horas.

La idea de entrar al Policlínico en una ambulancia fue del Viejo Horacio Rossi, un ex suboficial de marina y valiente veterano de la Resistencia Peronista, que terminó convirtiéndose prácticamente en un pistolero anarquista. Él fue quien finalmente suplantó al chofer.

Rivaric cuenta que hubo un intento anterior, en junio: “Alquilamos una ambulancia, anestesiamos al conductor con una inyección, lo amordazamos, le vendamos la cara como si estuviera herido -para que no se viera la mordaza- y lo arropamos en la camilla. Pero el operativo falló por un desperfecto mecánico. Al día siguiente se publicó en La Razón una pequeña nota titulada «Insólito»: relataba que en inmediaciones de la avenida Luis María Campos, cerca del Hospital Militar, había aparecido una ambulancia con el chofer dormido y amordazado. Nadie -ni siquiera el chofer- se explicaba qué había ocurrido”.

En el robo participaron alrededor de diez militantes. Además de los asaltantes, había dos choferes y un grupo de protección para cubrir la retirada. Después de que Nell disparó contra el policía, Carlos Arbelos y Jorge Caffatti recogieron el dinero. La ambulancia se abandonó enseguida, a las pocas cuadras. Unos escaparon en el coche que manejaba el Flaco Rubén, quien -según afirman sus compañeros- era un conductor extraordinario para las fugas; otros huyeron en otro automóvil. Algunos lo hicieron caminando y después tomaron un colectivo, como era costumbre entonces en los operativos político-militares. El lugar de concentración era un departamento céntrico al que fueron por primera y única vez.

“Rosaura” fue la operación guerrillera con más espectadores avisados de antemano en la historia argentina del siglo XX. Rivaric explica las causas del alto rating “En Tacuara nos conocíamos todos y todos sabíamos en qué andaba cada uno. Algunos compañeros que no participaron del robo ni pertenecían a nuestro sector, fueron a Plaza Irlanda para observar de cerca los acontecimientos. Fredi Zarattini andaba en su Jaguar dando vueltas y avisando que todo había salido bien a los conocidos que «paseaban cerca»“.

Desde mucho antes del asalto al Policlínico existía una discusión política muy intensa acerca de si Tacuara se unía o no a la JP. “Después del operativo, hubo una reunión entre Bonfanti, por un lado, y Baxter, Nell, Ossorio, yo y algunos otros, donde planteamos, en síntesis, que «o nos integramos todos al peronismo o nos separamos». Para producir la ruptura esperamos tener el poder que representaba el éxito del operativo. Dentro de Tacuara no se nos hizo ninguna crítica y nuestro grupo adquirió más fuerza. Entonces decidimos denominarnos Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y efectuar un cambio ideológico, no exactamente hacia la izquierda pero sí hacia los sectores revolucionarios del peronismo. Proponíamos asumir posiciones populares y que cesaran los conflictos con la izquierda. Nos separamos amistosamente y tomamos rumbos diferentes. En cuanto al asalto, posteriormente, hicimos una autocrítica interna y consideramos que no era ético aceptar propuestas como las de Viera y Posse.”

La policía había publicado la numeración de los billetes del Policlínico pero por una disposición de Banco Central no figuraban tres o cuatro ceros iniciales. Entonces utilizaron un sistema muy sencillo para cambiar el dinero: “tres o cuatro compañeros estacionaban el coche frente a un comercio o un kiosco. Uno bajaba, con un arma oculta, y compraba un libro, un disco, algo. Algunos comerciantes tenían un papelito con los números anotados y lo consultaban pero, por esa cuestión de los ceros que faltaban, no se daban cuenta. En caso de que se avivaran, las instrucciones eran recuperar el billete, llevarse lo que había en la caja registradora y escapar”.

La primera noticia sobre el hallazgo del dinero del Policlínico Bancario llegó desde Francia, cuando la policía de París atrapó a Lorenzo Andrés Posse, el hermano menor del “entregador” Gustavo Posse. Le había pagado con billetes argentinos a una prostituta llamada Brigitte, quien fue a una casa de cambio que tenía la numeración por Interpol. El turista iba dejando el reguero de pistas por unos cuantos cabarets y ahí saltó la cuestión. Este Posse no tenía vinculación con el asalto ni conocía a los tacuaras así que la policía argentina aún no sabía que existía un móvil político. Pero en Buenos Aires dio el nombre de su hermano, que fue el segundo detenido. “Habló a la primera cachetada y después los interrogadores le tenían que pegar para que hablara más despacio porque no les daba tiempo a tomar nota.”

En febrero de 1964, Coordinación Federal detuvo a Alfredo Roca, Carlos Arbelos y Jorge Cataldo. A Roca le encontraron 94.000 pesos de la época, con la numeración, y 3.200 dólares que había logrado cambiar. Rápidamente fueron apresados casi todos los demás y encarcelados, primero en Villa Devoto y después en Caseros.

Alfredo Ossorio -que estaba haciendo el servicio militar en la marina- compartió con Jorge Caffatti y Mario Duaihy la celda de castigo en Devoto, contigua al calabozo que ocupaban José Luis Nell y otros. Tiempo después fue sobreseído provisoriamente y obtuvo la libertad, pero por su condición de conscripto lo confinaron por razones de seguridad en una “compañía de disciplina” del Batallón de Infantería de Marina 5 (BIM 5), en Ushuaia, Tierra del Fuego.

Los tacuaras presos dijeron que con los fondos del asalto pensaban comprar un barco llamado “Río Segundo” para organizar el operativo “Antonio Rivero”, de recuperación de las islas Malvinas. Lo cierto es que gran parte del dinero se destinó a la creación de Editora del Sur, una pequeña empresa que -entre otras publicaciones- imprimía el periódico Trinchera de la Juventud Peronista.



[1] Juan Enrique Ramón Queraltó, hijo de un comerciante español importador de jueguetes, fue presidente en 1935 de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES). Esta organización estudiantil era un ala de la Legión Cívica, grupo paramilitar surgido por un decreto del general José Felix Uriburu en mayo de 1931. Seis años después Queraltó creó la Alianza de la Juventud Nacionalista (AJN). El primero de mayo de 1938 la AJN compitió con partidos y sindicatos anarquistas, socialistas y comunistas en la celebración del Día del Trabajo.

En 1941 la organización tenía once mil cotizantes (ocho mil hombres y tres mil mujeres), mayoritariamente concentrados en la ciudad de Buenos Aires. En mayo de 1943 toma el nombre de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN) y poco después posee un local en la esquina de Corrientes y San Martín. No obstante, su antisemitismo feroz –cercano al fascismo-impide su crecimiento político y termina convirtiéndose en un grupo de choque.

En 1953, por instrucciones de Juan Domingo Perón, Guillermo Patricio Kelly echó a Queraltó de la jefatura y pasó a ocupar su lugar.

[2] Escurra Medrano era miembro además de la Junta Americana de Homenaje y Repatriación de los Restos del Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, la Comisión de Homenaje al Combate de la Vuelta de Obligado y la Junta de Recuperación de las Islas Malvinas. Uno de sus libros mas divulgado en la década del sesenta fue Catolicismo y Nacionalismo, publicado por primera vez en 1936.

[3] Ignasio González Janzen, La Triple A, Editorial Contrapunto, 1986.

[4] Braden presentó sus cartas credenciales en mayo de 1945. Heredero de cuantiosos intereses en la compañía minera Braden Cooper, fundada por su padre en Chile, y ex embajador  en Colombia y Cuba, había impulsado en Paraguay la política petrolera de la empresa Standard Oil. En Argentina fue uno de los primeros en “descubrir” las tendencias “nazis” y “fascistas” del general Juan Domingo Perón. Dirigió a los conservadores, radicales, comunistas y socialistas amontonados en la Unión Democrática, dejó de lado las normas que rigen la actividad diplomática y se inmiscuyó en cuestiones internas.

Trasladado al Departamento de Estado, Braden continuó desde Washington su campaña a favor de la Unión Democrática. En diciembre de 1945, poco antes de que finalizara la campaña electoral, divulgó un insidioso libro azul que acusaba a Perón de mantener vinculaciones con nazis fugados de Europa. Lo único que logró fue una reacción nacionalista que dirigió su preferencia hacia el naciente peronismo. En las elecciones de febrero de 1946, Perón alcanzó mas del 51% de los votos mientras que la Unión Democrática no llegó al 42%.

[5] Eduardo Galeano, “Los jóvenes fascistas descubren su país”, En Nosotros decimos no, Siglo XXI, Mexico, 1989.

[6] Idem.

[7] Idem.

[8] Gonzalez Janzen, Opcit..

[9] Primo de Rivera (1903-1936) abogado y político, creó el 29 de octubre de 1933 la Falange española como opción frente al capitalismo y al comunismo. En su discurso fundacional definió el rumbo para originar un “nuevo hombre” español a través de la disciplina de la milicia y la exaltación de un movimiento poético, alejado de los decadentes hábitos de los partidos políticos tradicionales.

El 13 de febrero de 1934 la Falange se fucionó con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) y adoptó la bandera rojinegra y las consignas “España, Una, Grande, Libre” y “Por la Patria, el Pan y la Justicia”. En octubre, mientras era diputado por Cádiz, José Antonio fue elegido jefe único del partido que surgió de la unión. La nueva organización levantaba un programa de 27 puntos que incluía un ideario nacionalista, corporativista, antimarxista, antiliberal y, al mismo tiempo, de justicia social y profundas reformas económicas.

El 15 de marzo de 1936, luego de un triunfo del Frente Popular, José Antonio fue encarcelado y trasladado a la prisión de Alicante, desde donde dio órdenes a los falangistas para que se unieran al alzamiento nacional del 18 de julio contra la República. En noviembre de ese año fue fusilado; tenía 33 años.

El 18 de abril de 1937, el dictador Francisco Franco –que en privado desconfiaba de José Antonio “sociales”- proclamó la fusión de la Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista (o Requetés Carlistas).

[10] Salas, Ernesto, La Resistencia Peronista: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, CEAL, Buenos Aires 1990.

[11] Hombres de acción y figura casi legendaria del peronismo, Armando Cabo, era hijo de españoles. Nació en Cuba en 1919 y llegó a la Argentina a Los cuatro años de edad. Su familia se radicó en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, donde el trabajó en la fundición Istilart y en enero de 1941 nació Dardo.

Armando participó de la organización de la marcha de 17 de Octubre de 1945, que marca el inicio del peronismo. En julio de 1946 fue elegido secretario general de la seccional de la Unión Obrera Metalúrgica en Tres Arroyos y dos años después se trasladó en forma definitiva a la Capital federal con su familia. De 1948 a 1952 fue tesorero de la CGT. Colaborador de confianza de Eva Perón, en 1951 la secundó en su idea de crear milicias sindicales, pero en 1952 – luego de la muerte debita- el ejército frustró el proyecto.

Después del golpe militar que el 16 de Septiembre de 1955 derrocó a Perón, estuvo encarcelado en un buque cárcel. Posteriormente fue uno de los militantes más heroicos de la llamada Resistencia Peronista, famoso por los caños (bombas) que fabricaba y colocaba y las veces que fue detenido y torturado.

Hombre cercano al lobo A gusto Timoteo Vandor, Armando recibió en 1968 la orden de Perón de reorganizar el sindicalismo argentino y se desvinculó de la UOM. En 1975 fue uno de los fundadores del Partido Auténtico, una creación de Motoneros. Falleció en 1996, a los 80 años: fue el único dirigente sindical – además de José Ignacio Rucci- cuyo restos se velaron en la sede de la CGT. 

[12] Galeano, ob.cit.

[13] Usted, 19 de noviembre de 1960. Citado en Horacio Salas, “La ideología de la violencia”, Discusión, num.15,3 de abril de 1975.

[14] Idem.

[15] “Meinvielle, un presbítero sancionado”, Atlántida, num. 1176, febrero de 1965.

[16] El sábado 9 de junio de 1956, a los nueve meses del derrocamiento del presidente Juan Domingo Perón, militares y civiles peronistas intentaron recuperar el poder por las armas. Los generales Juan Jose Valle y Raúl Tanco, junto con el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno, encabezaron una dispersa rebelión cívico militar con focos en Buenos Aires, La Plata y Santa Rosa (La Pampa). Sus planes habían sido descubiertos desde semanas antes por el servicio de inteligencia militar de la autodenominada Revolución Libertadora, encabezada por el general Pedro Eugenio Aramburu y el contraalmirante Isaac Francisco Rojas.Los rebeldes no tenían posibilidades de triunfar pero el régimen de facto los dejó actuar para poder aplicarles una medida “ejemplificadora.”. El intento fue abortado en unas cuantas horas y concluyó en un baño de sangre. El domingo 10, cuando ya no existía resistencia, el gobierno de la Revolución Libertadora impuso la ley marcial. La pena de muerte debía hacerse efectiva a partir de ese momento pero se aplicó retroactivamente a quienes ya se habían rendido. Desde entonces, los peronistas rebautizaron al régimen militar surgido en setiembre de 1955 como la “Revolución Fusiladora”.

[17] Américo Rial, Rodolfo Pfaffendorf, Andrés Castillo y Carlos Varesse, entrevistas con el autor, 1999-2000.

[18] Américo Rial entrevistas con el autor, julio de 1999.

[19] El abogado croata Ante Pavelic fundó en 1929 a los ustachis (alzados). Este grupo asesinó en 1934 al rey Alejandro I de Yugoslavia durante una visita que efectuaba a Marsella (Francia). Pavelic vivió exiliado en Francia bajo la protección de Benito Mussolini. En 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, declaró el Estado Independiente de Croacia con apoyo militar de Alemania e Italia y se erigió presidente. El nuevo país abarcaba, además, a Bosnia, Herzegovina, Eslovenia y una parte de Dalmacia.

Pavelic estableció la famosa “doctrina de los tres tercios”: una tercera parte de los serbios debía ser expulsada; otro tercio asimilado y convertido por la fuerza a la religión oficial; y el tercero eliminado físicamente. Según se estimó en los 80, el número de víctimas en el Estado Ustacha fue de 300 mil. Según este número, Pavelic mató a mas compatriotas suyos que Hitler en Alemania. (...)

[20] El rumano Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), creó en 1827 la Guardia de Hierro, antes llamada Legión del Arcángel San Miguel, y la organizó en grupos a los que denominó “nidos”. Conocido como el Capitán, Codreanu era católico, místico y de costumbres espartanas. El movimiento compuesto por estudiantes, obreros y campesinos recurrió a la acción violenta a partir de 1932. En las elecciones de 1937 se presentó como Movimiento Todo por la Patria y obtuvo 66 de los 390 escaños del parlamento, y se convirtió en la tercera fuerza política del país. La instauración en 1938 de la dictadura del rey Carol II detuvo, sin embargo, su ascensión: Codreanu y trece legionarios fueron encarcelados y estrangulados con el “garrote vil”. (...)

[21] Eduardo Galeano, “Los jóvenes fascistas descubren su país”, En Nosotros decimos no, Siglo XXI, Mexico, 1989.

[22] Oscar Anzorena, Tiempo de violencia y utopía, Contrapunto, Buenos Aires, 1988.

[23] “Variante: una Tacuara izquierdista”, Primera Plana, 26 de noviembre de 1963.

 

[24] Idem.

[25] Citado en Horacio Salas, “La ideología de la violencia”, pag.16.